miércoles, 26 de diciembre de 2012

AURELIO EL PESCADOR



Máncora es la playa de pescadores por excelencia. Siempre que se habla de las mejores pescas Máncora brilla con orgullo por ser una de las mejores ciudades pesqueras del norte. Fuertes olas rompen con ímpetu en su litoral, como queriendo intimidar a los pescadores. Pero eso no es nada, porque ellos ya conocen el mar y sus misterios, acostumbrados  a salir de madrugada, para ser mas exactos: tres de la mañana. Esa es  la hora perfecta cuando el sol aún no asoma su cabeza en el horizonte. Y los  pescadores lo entienden así desde muchas generaciones atrás. Mi padre me lo hizo saber de esa forma. Una tradición que es enseñada de padres a hijos hasta llegar a los nietosA menudo una densa oscuridad fría y pesada cubre por entero el mar, como un manto inmenso, tan negro como el ébano y que solo se aclara cuando la luna llena se cuelga en el cielo como concha plateada. Es maravilloso ver también esa misma luna, el mismo sol, en Cabo Blanco y Acapulco, playas cercanas a Máncora. Cualquier visitante, (de los muchos que han visitado y bañado aquí), queda embrujado al contemplar estas playas. Hoy por ejemplo, hemos pescado el Mero más grande que pescador alguno haya visto. No se manifestó cosa así desde que mi bisabuelo Antonio, pescó uno muy parecido en tamaño y peso. ¡Se imaginan todos, semejante pez colosal de tres metros de largo y de carne muy sabrosa! Esto significa una cosa: nadie puede pescar otro Mero igual al mío, por lo menos en setenta años o más. Sin embargo, aquí en Máncora, se pesca de todo. Peces grandes y pequeños. Atunes y sardinas de altamar. Calamares, Cherelas, peces guitarras, diablillos y bonitos y tantos otros. Todos son nuestros y  llenan las lanchas por completo, chalanas como la llamamos aquí, sin olvidar claro, las canastas que nuestras mujeres venden en los mercados.  Yo llamo a todo esto, bendición. Y bien sabe Dios que no miento. El nos ha bendecido siempre. Pero igual tenemos que seguir pescando, porque la pesca es nuestra vida, el único recurso que tenemos para subsistir. Es un deleite dedicarnos a ella. ¡Nunca desistas hijo!
 El robusto pescador, guardo silencio por un momento, esperando que el muchacho le hiciera otra pregunta. Mas su joven compañero guardaba hermetismo,  concentrándose quizá, en unir las gruesas mallas de pesca, que pese a su esfuerzo las cosía con mucha dificultad. Prontamente, Aurelio cogió las mallas y unió los hilos con mucha destreza, como todo un tejedor experimentado. Joaquín, el novato pescador le observaba atentamente la gracia y maestría de su maestro.
-Es así como debes hacerlo. Fíjate bien.-dijo Aurelio, remendando la red, punto por punto, para que el muchacho recién llegado de la ciudad Chimbote aprendiera rápidamente.
-¿Estas seguro que quieres ser pescador? -interrogó el maestro observándole fijamente.
-Sí señor, quiero aprender y ser el mejor. Mi padre así lo desea.
Por la mañana, se fueron al mercado muy animosos por empezar el día, encontrándose con los demás pescadores que estaban vendiendo desde temprano.
-¿Qué hay para hoy ?- preguntó un viejo pescador al maestro que  instalaba su puesto de venta.
-Mi mero aun no se acaba.- respondió Aurelio alegremente con una amplia sonrisa.
Entonces una fuerte voz interrumpió anunciando: -¡Chancho marino! ¡rico chancho marino! ¡rico y fresco! - Era una mujer que junto a su marido, habían iniciado su venta. La voz áspera y disonante, se repetía una y otra vez. Joaquín ingenuamente preguntó a su maestro:
-¿Qué es esa carne roja?
-Mira bien, aquella "carne roja" como tu bien dices, es carne de bufeo o delfín como lo llaman algunos. Que tu paladar nunca te lleve a comer, ni desear tal carne estimado Joaquín.
El maestro no era partidario de comercializar la delicada carne de delfín, ni mucho menos comerla. Su alumno entendió de buena gana el consejo. Luego, ambos continuaron comercializando sus pescados y mariscos mientras disfrutaban de un suculento ceviche.
Aquel verano, la llegada del fenómeno del niño, trajo consigo demasiadas contrariedades a los humildes pescadores. Por el litoral se habían encontrado peces enormes y pequeños, poco comunes, producto del calentamiento de las aguas. Feroces barracudas y algunos tiburones colosales, nunca antes vistos hicieron su aparición en Máncora. Hubo abundantes pescas, pero también escaseaban algunos peces. Los pescadores alternaban las pescas diariamente. Cuando no salían, se hallaban bebiendo aguardiente o chicha fermentada conversando sobre los pormenores del fenómeno que estaba alargando el verano. Aurelio bebía muy poco. Solo cuando la faena era muy dura y con mucho desgaste físico, tomaba dos sorbos del delicioso licor de chicha. Esto era suficiente para aplacar "el frío de la madrugada" según decía. Más le encantaba hablar desde su vieja lancha y contar sus experiencias a los muchachos que se iniciaban en la pesca. Joaquín por su parte, aprendía día a día los secretos de la pesca, escuchando las palabras de su maestro. Se sentía confiado a su lado con mucha seguridad en sí mismo.


-Mañana saldremos a pescar. ¡Sí, Señor, obtendremos los peces más grandes y los más gordos también.
Esta vez, Aurelio no navegaría en lancha como solía hacerlo, sino en una balsa que él  había acondicionado para ciertas faenas,  queriendo de esta manera ahorrar combustible. Un día a la semana hacía descansar a su vieja lancha de motor. Ahora confiaría en su peculiar balsa, que la había bautizado con el original nombre de "La Indomable". Aunque frágil a simple vista para cualquiera, sin embargo, era rústica, resistente y estaba dispuesta para que su dueño la estrenara con su discípulo esa misma noche.
Por la madrugada, un chillido angustiante los despertó de improviso. Las voces agitadas que provenían de una lancha, del otro lado de la playa anunciaban una cruel visión.
Entonces ellos, se levantaron súbitamente, saliendo rápidamente de sus cabañas al lado del mar.
-¿Qué sucede allí? preguntó Joaquín al maestro que se había adelantado unos metros, alcanzando ver algo en las sombras.
-Son los chillidos de los bufeos y están atrapados entre las mallas. Difícilmente saldrán de allí.- respondió el maestro inquietamente.
- ¡Oigan! ¡Ya suéltenlos, hombres!.- gritó Joaquín.
-Se ahogarán entre las redes. No tiene caso hijo. O son sus redes, o los bufeos. Según ellos, es más fácil darles muerte y vender la carne, que desatarles y perderlo todo. Son unos codiciosos.- pronunció el maestro.
Las fuertes palabras de Aurelio, dirigidas contra el grupo de pescadores resulto inútil. Sólo despertaba la ira y la burla de los asesinos. En realidad, estaba ya demasiado hastiado de contemplar tanta crueldad inhumana. Esto se había vuelto rutinario realmente no podía hacer nada. Así que silenciosamente, decidieron comenzar su faena aproximando la balsa a la orilla. Habían cargado como provisiones en su saco de viaje: una lumbre, una botella llena de aguardiente, algunos panes y pescados secos y salados. Luego se adentraron al mar. Bracearon unos metros y saltaron en La Indomable. Eran ya las cuatro de la mañana y Aurelio procedió a destapar la botellita y bebiendo los sorbos acostumbrados dijo:
- Bebe esto compañero. Te mantendrá caliente.
Después de beber, Joaquín buscó unos fósforos para encender la lumbre. La pequeña flama parecía un punto débil en la profunda oscuridad del mar.
Mientras comenzaban a cantar viejas melodías propias de Máncora, preparaban sus mallas y  canastas. Estaban como a seis millas de la costa.  La claridad del día se asomaba por el naciente cuanto más se adentraban mar, que se tornaba inmenso, dando la impresión de ser siempre eterno, como remontándose al comienzo de la vida misma hace millones de años.
Ya había transcurrido un par de horas. Su red artesanal estaba lista y el mar empezaba  aquietarse un poco, casi imperceptiblemente. Ellos deseaban pescar solo lo necesario y llenar sus canastas de mimbre." Unas cuantas docenas y estaremos de regreso", "Ah, la pesca de los sábados, no hay nada como ella", pensaba el maestro.
De pronto, se vieron interrumpidos por una sombra terrible y grotesca, que nadaba amenazante cerca a ellos. Estaban alertas, observando con detenimiento como la criatura de profunda piel oscura, de unos cinco metros de largo y ancho, nadaba en círculos entorno a la balsa.
-Es una mantona.-Exclamó el maestro -quédate quieto Joaquín.

La bestia marina permaneció amenazante por una hora mas, ondeando con firmeza sus aletas, luego los arremetió violentamente como el toro a un matador. Sin embargo, ellos se habían sujetado fuertemente del asta y no se desprendían de ella ante las embestidas de la punta de la cola del animal. De su voluminosa cabeza surgían unos cuernos, que se movían peculiarmente, que se atascaron entre las agujeros de la balsa. Fue en ese momento que La indomable comenzó a ser sacudida y a zigzagear frenéticamente por la descomunal mantaraya, que luchaba por desprender la punta de su nariz de entre los troncos, su instinto le impulsaba a marchar y buscar orientación, quería zafarse a sí misma y avanzar tenazmente, dirigiéndose con la balsa mar adentro para la desgracia de los pescadores que miraban atónitamente.
Al cabo de unas horas que parecían interminables para los hombres. Y habiendo el animal agotado sus fuerzas, es que pudo lograr al fin, zafar su cabeza y sus membranas. Luego, viró bruscamente liberándose y desapareciendo profundidad del océano.
Estaba claro que los pescadores deberían regresar por sus propios medios, lo cual parecía inconcebible por encontrarse totalmente aislados, sin una lancha pesquera o barco alguno, que pudiera verlos y socorrerlos. De seguro, que en aquella misma hora sus compañeros de pesca, estaban guardando sus botes y limpiando sus redes. Así se lo imaginaron y estaban en lo correcto.
Ahora, regresar sería absolutamente sobrehumano y casi imposible en las actuales condiciones. Teniendo en cuenta también que, remar sería una ardua tarea. Esperarían los fuertes vientos del mar, que pudiera favorecer en algo y hacerlos volver a la costa con la remendada lona que tenían por vela.
 Unirían sus fuerzas y habilidades. Especialmente Aurelio, para superar la desgracia impuesta por el destino. Con la mirada lúcida el maestro, observó el cielo donde apenas unas minúsculas nubes se movían en el poniente.
Alzó sus manos como buscando al viento, logrando percibir la dirección de la brisa, "no lloverá " pensó. Era el atardecer, las olas del mar ondeaban con la  tenacidad acostumbrada. Estaba cerca el ocaso y los hombres debían ya de estar preparados porque pronto oscurecería.
- ¿soportará la vela junto con esta improvisada  balsa  maestro? Preguntó Joaquín.
-La indomable, soportaría hasta los mismos resoplidos de Neptuno. ¿construiría yo una balsa que estuviera mal hecha? -respondió Aurelio. Ambos rieron con nerviosismo. La risa de ambos fue breve y sin aliento. Entonces el viento hizo notar su presencia antes de lo previsto aumentando su intensidad.
-¡Ahora es cuando empieza la verdadera faena hijo! - dijo el maestro, extrayendo de la húmeda bolsa de viaje, el frasco de aguardiente. Bebió y se lo hizo beber al muchacho también.
-La necesitaremos porque la brisa de ultramar es dura de afrontar.- y bostezando añadió - Ya verás que todo esto acabará para mañana.
La indomable ya había cogido a duras penas los vientos, pero luchaba con la brisa proveniente de las lejanas costas. En tanto ellos, estaban sujetos del asta, amarrados de las cinturas, acaso, para evitar salir despedidos de la balsa debido a las grandes olas que comenzaban a levantarse.
Se cuidarían mutuamente, soportarían el ímpetu del viento durante toda la noche y sobretodo batallarían con la corriente marina, que los arrastraría hacia aguas tropicales .
El sol los levantó instintivamente. Sus cuerpos se hallaban entumecidos por el frío de la madrugada. Trataron de reponerse a fuerza de masajes en todo sus cuerpos. Era evidente que sería otro día intenso por la inclemencia del sol. Se encontraban a cientos de millas. La sed los agobiaba y la deshidratación quería hacer estragos antes de tiempo. Necesitaban urgentemente agua. Aquel líquido elemento era indispensable para la supervivencia hasta que fueran rescatados, siendo el aguardiente, con lo único que contaban para enfrentar el naufragio.
Joaquín quiso beber de ella, pero Aurelio se lo impidió diciendo:
-No podemos recurrir al aguardiente cada vez que ajuste la sed, hijo. Mas bien te enseñare un secreto que nos ayudará a soportar la sed. 
Entonces, el maestro cogió los hilos de pescar, colocando en ella, una carnada de vísceras de pescado, que emanaba un olor desagradable y nauseabundo. Luego arrojo el sedal a las calientes aguas. Hubo unos minutos de silencio. 
El rostro del curtido pescador adquirió un brillo en su sonrisa, cuando jalando del sedal vio emerger a la superficie un robusto pez llamado angelota. Después sujetó hábilmente el pez, y le infirió varios cortes con su cuchillo. Y acercando su boca por los costados del pescado, bebió del agua acumulada en las branquias. Asimismo, invito al muchacho que atónito había visto la escena,  bebiendo sin repugnancia él también. Al fin y al cabo estaba calmando su sed.
Ahora bien, La Indomable había navegado interminables millas, cogiendo nuevamente la brisa que había cambiado de dirección y que con fuerza tiraba de las velas.
-¿Lloverá maestro? -interrogó el muchacho luciendo el miedo en su rostro.
-Solo sé que debemos estar preparados- respondió Aurelio
Unas horas después la oscuridad era ya absoluta. Las olas eran enormes y violentas. Elevaban la balsa sacudiéndola con estruendo y furor. Ninguno de los dos sabía cuanto duraría todo ello. Un temporal en altamar podía durar muchas horas o acabar repentinamente como capricho de las mismas fuerzas de la naturaleza. Solo entendían que tenían que soportar y esperar un milagro. Estaban totalmente húmedos. Enganchados con  tenacidad del asta y elevando sus oraciones al cielo. Las palabras del maestro fueron breves, pero profundas. El mar estaba furioso tratando de despedazar la balsa.
-Maestro ayúdeme -gritó Joaquín habiéndose desprendido del asta del cual estaba sujeto. Rápidamente las olas lo arrastrando decenas de metros. En vano trató su compañero de acercarse a él, sea estirando el brazo o girando inútilmente de la vela rasgada por el vierto. Solo atinó a decirle que se mantuviera a flote, todo el tiempo posible y que tratara de acercarse a la balsa. Un crujido, avisó al maestro que el asta estaba por romperse. No duró muchos minutos, desprendiéndose así la mitad del palo. Las voces de socorro del muchacho se silenciaron con el estruendo. Al mismo tiempo la marea alta intentaba llevarse al experimentado pescador, que aferrándose a lo que quedaba del asta, peleaba por su vida también. Su cuerpo era azotado. Cuanto duraría todo esto, se preguntaba el maestro, cuando ya sus ardientes lágrimas brotaban de sus mejillas confundiéndose con las frías aguas del mar y la lluvia, pensando en su desaparecido amigo.
Así continuaría esta situación durante la noche, entre golpes y sacudidas. Hasta que el albor del día siguiente logró pacificarlo todo, despertando al maestro. "Seguramente estaré a cientos de millas en aguas ecuatoriales" pensó.
Era evidente que la corriente había seguido su curso inexorable. Luego se paró en la débil balsa para observar a todos lados, buscando un punto de salvación: un barco. Solo uno que pudiera acabar con el suplicio. Comprobó para su propia desgracia que se encontraba  completamente solo. Estaba triste. En adelante, por propia determinación, no complacería al mar con su propia vida. Día y noche lucharía, repetiría si fuera posible la escena y saldría vivo. El viento, el mar enfrentando al hombre sin misericordia. El como protagonista, como héroe, o como hombre simplemente
 No obstante, ya habían transcurrido seis interminables días. Mucho tiempo. Ya sus fuerzas lo estaban abandonando. Por momentos lloraba y reía alucinando ver a su compañero que lo llamaba por su nombre, pero era su imaginación.
Aquella noche, tarareó una melodía que había aprendido de niño. Una que había aprendido de su abuelo y luego de su padre. Cantar lo mantuvo consciente de su situación, pues el viento nocturno se calmó  y ya no golpeaba su doloroso cuerpo, el mar se encontraba extrañamente aquietado. Solo llegaba  escuchar unos sonidos ultramarinos, que provenían desde las profundidades, que se rompían en singulares notas musicales de chillidos agudos. Eran unos delfines que como sombras fantásticas, saltaban a la luz de la luna entorno a la balsa. No existía peligro. Tampoco se debía de temer de ellos. Estos seres eran de naturaleza amigable. Uno podía ser amigos de ellos fácilmente. Este espectáculo marino le pareció maravilloso al maestro. Ya no estaba solo. Le dolió al pensar que cuando era muy joven, también había participado en la muerte de algunos de ellos." Es pasado", dijo mentalmente. Y pensando en las diversas circunstancias de su vida, le vino un profundo sueño que lo tumbó.
Fueron los aquellos mismos saltos y chillidos, los que le despertaron abruptamente, avisándole del acercamiento de una lancha pesquera que venía a su rescate.
Los pescadores tuvieron compasión viéndole tan moribundo al subirlo por la borda. Ahora ya estaba a salvo. Sació su sed y apetito. Los delfines habían hecho su parte. Ya no habría más tormenta que afrontar en altamar.
Al cabo de un par de días, regresó a su querido pueblo. Le recibieron con pompa y alegría. Guardarían luto por Joaquín, que ya no daba muestras de aparecer de la inmensidad del océano.
Luego, dirigiéndose por el muelle. Subió en uno de los botes y pudo comprobar (para su propia decepción) que en su interior, yacían unos bufeos inertes y descuartizados. Nunca se imaginó que esos delfines, fueron tan idénticos como los que había visto saltar en altamar y que lo habían salvado mar adentro.

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