Máncora es la playa de pescadores
por excelencia. Siempre que se habla de las mejores pescas Máncora brilla con
orgullo por ser una de las mejores ciudades pesqueras del norte. Fuertes olas
rompen con ímpetu en su litoral, como queriendo intimidar a los pescadores.
Pero eso no es nada, porque ellos ya conocen el mar y sus misterios,
acostumbrados a salir de madrugada, para ser mas exactos: tres de la
mañana. Esa es la hora perfecta cuando el sol aún no asoma su cabeza en
el horizonte. Y los pescadores lo entienden así desde muchas generaciones
atrás. Mi padre me lo hizo saber de esa forma. Una tradición que es
enseñada de padres a hijos hasta llegar a los nietos. A menudo una densa oscuridad fría
y pesada cubre por entero el mar, como un manto inmenso,
tan negro como el ébano y que solo se aclara cuando la luna llena se
cuelga en el cielo como concha plateada. Es maravilloso ver también esa misma
luna, el mismo sol, en Cabo Blanco y Acapulco, playas cercanas a Máncora. Cualquier
visitante, (de los muchos que han visitado y bañado aquí), queda embrujado
al contemplar estas playas. Hoy por ejemplo, hemos pescado el Mero más
grande que pescador alguno haya visto. No se manifestó cosa así desde que mi
bisabuelo Antonio, pescó uno muy parecido en tamaño y peso. ¡Se imaginan todos,
semejante pez colosal de tres metros de largo y de carne muy sabrosa! Esto
significa una cosa: nadie puede pescar otro Mero igual al mío, por lo menos en
setenta años o más. Sin embargo, aquí en Máncora, se pesca de todo. Peces
grandes y pequeños. Atunes y sardinas de altamar. Calamares, Cherelas, peces
guitarras, diablillos y bonitos y tantos otros. Todos son nuestros y
llenan las lanchas por completo, chalanas como la llamamos aquí, sin
olvidar claro, las canastas que nuestras mujeres venden en los
mercados. Yo llamo a todo esto, bendición. Y bien sabe Dios que no
miento. El nos ha bendecido siempre. Pero igual tenemos que seguir pescando,
porque la pesca es nuestra vida, el único recurso que tenemos para subsistir.
Es un deleite dedicarnos a ella. ¡Nunca desistas hijo!
El robusto pescador, guardo silencio por un
momento, esperando que el muchacho le hiciera otra pregunta. Mas
su joven compañero guardaba hermetismo, concentrándose quizá, en
unir las gruesas mallas de pesca, que pese a su esfuerzo las cosía con
mucha dificultad. Prontamente, Aurelio cogió las mallas y unió los hilos con
mucha destreza, como todo un tejedor experimentado. Joaquín, el novato
pescador le observaba atentamente la gracia y maestría de su maestro.
-Es así como debes hacerlo.
Fíjate bien.-dijo Aurelio, remendando la red, punto por punto, para que el
muchacho recién llegado de la ciudad Chimbote aprendiera rápidamente.
-¿Estas seguro que quieres ser
pescador? -interrogó el maestro observándole fijamente.
-Sí señor, quiero aprender y ser
el mejor. Mi padre así lo desea.
Por la mañana, se fueron al
mercado muy animosos por empezar el día, encontrándose con los demás pescadores
que estaban vendiendo desde temprano.
-¿Qué hay para hoy ?- preguntó un
viejo pescador al maestro que instalaba su puesto de venta.
-Mi mero aun no se acaba.-
respondió Aurelio alegremente con una amplia sonrisa.
Entonces una fuerte voz
interrumpió anunciando: -¡Chancho marino! ¡rico chancho marino! ¡rico y fresco!
- Era una mujer que junto a su marido, habían iniciado su venta. La
voz áspera y disonante, se repetía una y otra vez. Joaquín ingenuamente
preguntó a su maestro:
-¿Qué es esa carne
roja?
-Mira bien, aquella "carne
roja" como tu bien dices, es carne de bufeo o delfín como lo llaman
algunos. Que tu paladar nunca te lleve a comer, ni desear tal carne estimado
Joaquín.
El maestro no era partidario de
comercializar la delicada carne de delfín, ni mucho menos comerla. Su alumno
entendió de buena gana el consejo. Luego, ambos continuaron comercializando sus pescados y
mariscos mientras disfrutaban de un suculento ceviche.
Aquel verano, la llegada del
fenómeno del niño, trajo consigo demasiadas contrariedades a los humildes
pescadores. Por el litoral se habían encontrado peces enormes y
pequeños, poco comunes, producto del calentamiento de las aguas. Feroces
barracudas y algunos tiburones colosales, nunca antes vistos hicieron
su aparición en Máncora. Hubo abundantes pescas, pero también escaseaban
algunos peces. Los pescadores alternaban las pescas diariamente. Cuando no
salían, se hallaban bebiendo aguardiente o chicha fermentada conversando
sobre los pormenores del fenómeno que estaba alargando el verano. Aurelio bebía muy poco.
Solo cuando la faena era muy dura y con mucho desgaste
físico, tomaba dos sorbos del delicioso licor de chicha. Esto era
suficiente para aplacar "el
frío de la madrugada" según decía. Más le encantaba hablar
desde su vieja lancha y contar sus experiencias a los muchachos que se
iniciaban en la pesca. Joaquín por su parte, aprendía día a día los
secretos de la pesca, escuchando las palabras de su maestro. Se sentía
confiado a su lado con mucha seguridad en sí mismo.
-Mañana saldremos a pescar. ¡Sí,
Señor, obtendremos los peces más grandes y los más gordos también.
Esta vez, Aurelio no navegaría en
lancha como solía hacerlo, sino en una balsa que él había acondicionado
para ciertas faenas, queriendo de esta manera ahorrar combustible. Un día
a la semana hacía descansar a su vieja lancha de motor. Ahora confiaría en su
peculiar balsa, que la había bautizado con el original nombre de "La
Indomable". Aunque frágil a simple vista para cualquiera, sin
embargo, era rústica, resistente y estaba dispuesta para que su
dueño la estrenara con su discípulo esa misma noche.
Por la madrugada, un
chillido angustiante los despertó de improviso. Las voces agitadas que
provenían de una lancha, del otro lado de la playa anunciaban una cruel visión.
Entonces ellos, se levantaron
súbitamente, saliendo rápidamente de sus cabañas al lado del mar.
-¿Qué sucede allí? preguntó
Joaquín al maestro que se había adelantado unos metros, alcanzando
ver algo en las sombras.
-Son los chillidos de los bufeos
y están atrapados entre las mallas. Difícilmente saldrán de allí.- respondió el
maestro inquietamente.
- ¡Oigan! ¡Ya suéltenlos,
hombres!.- gritó Joaquín.
-Se ahogarán entre las redes. No
tiene caso hijo. O son sus redes, o los bufeos. Según ellos, es más fácil
darles muerte y vender la carne, que desatarles y perderlo todo. Son
unos codiciosos.- pronunció el maestro.
Las fuertes palabras de
Aurelio, dirigidas contra el grupo de pescadores resulto inútil. Sólo
despertaba la ira y la burla de los asesinos. En realidad, estaba ya demasiado
hastiado de contemplar tanta crueldad inhumana. Esto se había vuelto
rutinario realmente no podía hacer nada.
Así que silenciosamente,
decidieron comenzar su faena aproximando la balsa a la orilla. Habían
cargado como provisiones en su saco de viaje: una lumbre, una botella llena de
aguardiente, algunos panes y pescados secos y salados. Luego se adentraron
al mar. Bracearon unos metros y saltaron en La
Indomable. Eran ya las cuatro de la mañana y Aurelio procedió a
destapar la botellita y bebiendo los sorbos acostumbrados dijo:
- Bebe esto compañero. Te
mantendrá caliente.
Después de
beber, Joaquín buscó unos fósforos para encender la lumbre. La
pequeña flama parecía un punto débil en la profunda oscuridad del mar.
Mientras comenzaban
a cantar viejas melodías propias de Máncora, preparaban sus mallas y
canastas. Estaban como a seis millas de la costa. La claridad
del día se asomaba por el naciente cuanto más se adentraban mar, que se
tornaba inmenso, dando la impresión de ser siempre eterno, como remontándose
al comienzo de la vida misma hace millones de años.
Ya había transcurrido un par de
horas. Su red artesanal estaba lista y el mar empezaba
aquietarse un poco, casi imperceptiblemente. Ellos deseaban pescar solo lo
necesario y llenar sus canastas de mimbre." Unas cuantas docenas y estaremos de
regreso", "Ah, la pesca de los sábados, no hay nada como ella",
pensaba el maestro.
De pronto, se vieron interrumpidos por una sombra terrible y grotesca, que
nadaba amenazante cerca a ellos. Estaban alertas, observando con
detenimiento como la criatura de profunda piel oscura, de unos cinco metros de
largo y ancho, nadaba en círculos entorno a la balsa.
-Es una mantona.-Exclamó el
maestro -quédate quieto Joaquín.
La bestia
marina permaneció amenazante por una hora mas, ondeando con
firmeza sus aletas, luego los arremetió violentamente como el toro a
un matador. Sin embargo, ellos se habían sujetado fuertemente del asta y no se
desprendían de ella ante las embestidas de la punta de la cola del
animal. De su voluminosa cabeza surgían unos cuernos, que se movían
peculiarmente, que se atascaron entre las agujeros de la balsa. Fue en ese
momento que La indomable
comenzó a ser sacudida y a zigzagear frenéticamente por
la descomunal mantaraya, que luchaba por desprender la
punta de su nariz de entre los troncos, su instinto le impulsaba a marchar
y buscar orientación, quería zafarse a sí misma y avanzar tenazmente,
dirigiéndose con la balsa mar adentro para la desgracia de los pescadores
que miraban atónitamente.
Al cabo de unas horas que
parecían interminables para los hombres. Y habiendo el animal agotado sus
fuerzas, es que pudo lograr al fin, zafar su cabeza y sus membranas.
Luego, viró bruscamente liberándose y desapareciendo profundidad del océano.
Estaba claro que los pescadores
deberían regresar por sus propios medios, lo cual parecía inconcebible por
encontrarse totalmente aislados, sin una lancha pesquera o barco alguno,
que pudiera verlos y socorrerlos. De seguro, que en aquella misma hora sus
compañeros de pesca, estaban guardando sus botes y limpiando sus redes. Así se
lo imaginaron y estaban en lo correcto.
Ahora, regresar sería
absolutamente sobrehumano y casi imposible en las actuales condiciones.
Teniendo en cuenta también que, remar sería una ardua tarea. Esperarían
los fuertes vientos del mar, que pudiera favorecer en algo y hacerlos
volver a la costa con la remendada lona que tenían por vela.
Unirían sus fuerzas y
habilidades. Especialmente Aurelio, para superar la
desgracia impuesta por el destino. Con la mirada lúcida el maestro,
observó el cielo donde apenas unas minúsculas nubes se movían en el poniente.
Alzó sus manos como buscando al
viento, logrando percibir la dirección de la brisa, "no lloverá " pensó. Era el atardecer, las
olas del mar ondeaban con la tenacidad acostumbrada. Estaba cerca el
ocaso y los hombres debían ya de estar preparados porque pronto oscurecería.
- ¿soportará la vela junto
con esta improvisada balsa
maestro? Preguntó Joaquín.
-La indomable, soportaría hasta
los mismos resoplidos de Neptuno. ¿construiría yo una balsa que estuviera mal
hecha? -respondió Aurelio. Ambos rieron con nerviosismo. La risa de ambos fue
breve y sin aliento. Entonces el viento hizo notar su presencia antes de lo
previsto aumentando su intensidad.
-¡Ahora es cuando empieza la
verdadera faena hijo! - dijo el maestro, extrayendo de la húmeda bolsa de
viaje, el frasco de aguardiente. Bebió y se lo hizo beber al muchacho también.
-La necesitaremos porque la brisa
de ultramar es dura de afrontar.- y bostezando añadió - Ya verás que todo
esto acabará para mañana.
La indomable ya había cogido a
duras penas los vientos, pero luchaba con la brisa proveniente de las lejanas
costas. En tanto ellos, estaban sujetos del asta, amarrados de las
cinturas, acaso, para evitar salir despedidos de la balsa debido a las
grandes olas que comenzaban a levantarse.
Se cuidarían
mutuamente, soportarían el ímpetu del viento durante toda la noche y
sobretodo batallarían con la corriente marina, que los arrastraría hacia
aguas tropicales .
El sol los levantó instintivamente. Sus
cuerpos se hallaban entumecidos por el frío de la madrugada. Trataron de
reponerse a fuerza de masajes en todo sus cuerpos. Era evidente que sería
otro día intenso por la inclemencia del sol. Se encontraban a cientos de
millas. La sed los agobiaba y la deshidratación quería hacer estragos antes de
tiempo. Necesitaban urgentemente agua. Aquel líquido elemento era
indispensable para la supervivencia hasta que
fueran rescatados, siendo el aguardiente, con lo único que
contaban para enfrentar el naufragio.
Joaquín quiso beber de ella,
pero Aurelio se lo impidió diciendo:
-No podemos recurrir al
aguardiente cada vez que ajuste la sed, hijo. Mas bien te enseñare un secreto
que nos ayudará a soportar la sed.
Entonces, el maestro cogió los
hilos de pescar, colocando en ella, una carnada de vísceras de pescado,
que emanaba un olor desagradable y nauseabundo. Luego arrojo el
sedal a las calientes aguas. Hubo unos minutos de silencio.
El rostro del curtido pescador
adquirió un brillo en su sonrisa, cuando jalando del sedal vio emerger a la
superficie un robusto pez llamado angelota. Después sujetó hábilmente el pez, y
le infirió varios cortes con su cuchillo. Y acercando su boca por los costados
del pescado, bebió del agua acumulada en las branquias. Asimismo, invito al
muchacho que atónito había visto la escena, bebiendo sin repugnancia
él también. Al fin y al cabo estaba calmando su sed.
Ahora bien, La Indomable había
navegado interminables millas, cogiendo nuevamente la brisa que había cambiado
de dirección y que con fuerza tiraba de las velas.
-¿Lloverá maestro? -interrogó el
muchacho luciendo el miedo en su rostro.
-Solo sé que debemos estar
preparados- respondió Aurelio
Unas horas después la oscuridad
era ya absoluta. Las olas eran enormes y violentas. Elevaban la balsa
sacudiéndola con estruendo y furor. Ninguno de los dos sabía cuanto duraría
todo ello. Un temporal en altamar podía durar muchas horas o acabar
repentinamente como capricho de las mismas fuerzas de la naturaleza. Solo
entendían que tenían que soportar y esperar un milagro. Estaban totalmente
húmedos. Enganchados con tenacidad del asta y elevando sus oraciones
al cielo. Las palabras del maestro fueron breves, pero profundas. El mar estaba furioso
tratando de despedazar la balsa.
-Maestro ayúdeme -gritó Joaquín
habiéndose desprendido del asta del cual estaba sujeto. Rápidamente las
olas lo arrastrando decenas de metros. En vano trató su compañero de acercarse
a él, sea estirando el brazo o girando inútilmente de la vela rasgada por el vierto.
Solo atinó a decirle que se mantuviera a flote, todo el tiempo posible y que
tratara de acercarse a la balsa. Un crujido, avisó al maestro que el asta
estaba por romperse. No duró muchos minutos, desprendiéndose así la mitad
del palo. Las voces de socorro del muchacho se silenciaron con
el estruendo. Al mismo tiempo la marea alta intentaba llevarse al
experimentado pescador, que aferrándose a lo que quedaba del asta, peleaba por
su vida también. Su cuerpo era azotado. Cuanto duraría todo esto, se preguntaba
el maestro, cuando ya sus ardientes lágrimas brotaban de sus mejillas
confundiéndose con las frías aguas del mar y la lluvia, pensando en su
desaparecido amigo.
Así continuaría esta situación
durante la noche, entre golpes y sacudidas. Hasta que el albor del día
siguiente logró pacificarlo todo, despertando al maestro. "Seguramente estaré a cientos de millas
en aguas ecuatoriales" pensó.
Era evidente que la corriente
había seguido su curso inexorable. Luego se paró en la débil balsa para
observar a todos lados, buscando un punto de salvación: un barco. Solo uno que
pudiera acabar con el suplicio. Comprobó para su propia desgracia que se
encontraba completamente solo. Estaba triste. En adelante, por propia
determinación, no complacería al mar con su propia vida. Día y noche lucharía,
repetiría si fuera posible la escena y saldría vivo. El viento, el mar
enfrentando al hombre sin misericordia. El como protagonista, como héroe, o
como hombre simplemente
No obstante, ya habían
transcurrido seis interminables días. Mucho tiempo. Ya sus fuerzas lo
estaban abandonando. Por momentos lloraba y reía alucinando ver a su compañero
que lo llamaba por su nombre, pero era su imaginación.
Aquella noche, tarareó una
melodía que había aprendido de niño. Una que había aprendido de su abuelo y
luego de su padre. Cantar lo mantuvo consciente de su situación, pues el viento
nocturno se calmó y ya no golpeaba su
doloroso cuerpo, el mar se encontraba extrañamente aquietado. Solo llegaba
escuchar unos sonidos ultramarinos, que provenían desde las
profundidades, que se rompían en singulares notas musicales de chillidos
agudos. Eran unos delfines que como sombras fantásticas, saltaban a la luz de
la luna entorno a la balsa. No existía peligro. Tampoco se debía de temer de
ellos. Estos seres eran de naturaleza amigable. Uno podía ser amigos de
ellos fácilmente. Este espectáculo marino le pareció maravilloso al maestro. Ya no
estaba solo. Le dolió al pensar que cuando era muy joven, también había
participado en la muerte de algunos de ellos." Es
pasado", dijo mentalmente. Y pensando en las diversas
circunstancias de su vida, le vino un profundo sueño que lo tumbó.
Fueron los aquellos mismos saltos
y chillidos, los que le despertaron abruptamente, avisándole del
acercamiento de una lancha pesquera que venía a su rescate.
Los pescadores tuvieron compasión
viéndole tan moribundo al subirlo por la borda. Ahora ya estaba a salvo.
Sació su sed y apetito. Los delfines habían hecho su parte. Ya no habría más
tormenta que afrontar en altamar.
Al cabo de un par de días,
regresó a su querido pueblo. Le recibieron con pompa y alegría. Guardarían luto
por Joaquín, que ya no daba muestras de aparecer de la
inmensidad del océano.
Luego, dirigiéndose por el
muelle. Subió en uno de los botes y pudo comprobar (para su propia
decepción) que en su interior, yacían unos bufeos inertes y descuartizados.
Nunca se imaginó que esos delfines, fueron tan idénticos como los que había
visto saltar en altamar y que lo habían salvado mar adentro.


